El sabor del café

El hecho de ya no tener que ocuparse de Jennie’s Café Literario (atender a la gente, planificar las compras, los menús, los trabajadores, la limpieza, la contabilidad…) le proporciona tiempo, ¡mucho tiempo!

Aunque le da pena haber tenido que cerrarlo, también se siente liberado. El café fue para él una experiencia muy rica en lo personal (desde luego no en lo económico). La gente venía por él. Si no estaba, preguntaban:
“¿Pero dónde está el Caballero?”

Era gratificante.

Le gustaba hablar con la gente: de música, de libros, de arte, de ajedrez, dar a conocer algún juego de mesa, jugar con sus hijos…

A veces, al entrar al café para recibir y atender a los clientes, sentía nervios, como un actor antes de salir a escena. Luego el “papel” tomaba el relevo.

Ese tiempo que ahora le sobra lo aprovecha en su pieza, su piso, su terraza. Pero sabe que en pocas semanas ese mismo tiempo del que disfruta ahora, con más movilidad, tendrá que dedicarlo a sus hijos, a tareas de la casa (las que ahora hace con tantas ganas, pero que serán, de nuevo, la cotidianidad)…
Sus responsabilidades volverán: paneles solares, plantas de tratamiento de aguas servidas, compromisos, obras en la casa…

¿Tres o cuatro semanas más?

Su cuerpo lo está “apurando”: su recuperación va muy bien. En la última visita con el traumatólogo, este le dijo que podía ya pisar el suelo con los dos pies “a discreción”, según el dolor que aguante.

¡Ya estaba pisando el suelo con los dos pies!

¡Dolor! No sabe si es suerte o inconsciencia, pero parece que tiene un umbral de dolor muy alto.
En cuanto se dio cuenta de que le podía poner más peso a su pie derecho, empezó a hacerlo más y más.

Se levanta, da un paso, dos pasos, tres pasos… Los bastones solo le sirven para el equilibrio.

En la cocina es donde se da cuenta de que más puede hacer: sacar algo del refri, llevarlo al mesón para picarlo, ir a buscar un cuchillo, un colador, volver al mesón donde picaba, sacar una sartén, prender un fuego de la cocina a gas, dejar un par de utensilios en el fregadero…
La silla de ruedas lo molesta, está “en medio del camino”…

Su cuerpo le anima a hacer cosas.
Más que animarle, lo obliga, lo apura:
“Vamos, que se puede”.

Su mente tiene que seguir, tiene que aceptar el ritmo. Ya no se puede quedar tanto tiempo en la cama…

Al día siguiente despierta temprano. Se quiere tomar un café. Todos están durmiendo. Va arriba de la escalera, llama, nadie contesta.

Quiere un café.

Mira la escalera…

Baja un escalón… otro… se concentra en cada paso.

Otro, otro…

¡Y está abajo!

Dieciocho escalones de la escalera en caracol.

¡Hacerse el café es lo de menos!

¡Qué sabor tiene ese café!

Sí, su cuerpo lo apura. Quiere retomar su papel de antes. Mucho antes de su accidente, antes de dejar que las cosas fueran a la deriva, más o menos un año antes.

Había puntos que también tenía que volver a mirar.

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