Él observaba ese borde

Es hora de hacer un balance de estos últimos meses, de aclarar asuntos, tomar decisiones.

Primero, es cierto que su recuperación y rehabilitación van bien, muy bien. Es lo que le dice la gente cuando lo ve: la kinesióloga, el traumatólogo, los amigos y familiares. Y a eso le ha dedicado energía y tiempo.

Era esencial.
Era primordial.
Era tema de vida o muerte…

Se hubiese podido dejar morir. Lo pensó, pero no compartió ese pensamiento con nadie.
¿Para qué lo hubiese hecho?

Era solo ese hábito suyo de no tener tabúes, de no tener temas prohibidos, de analizar cualquier perspectiva. No lo pudo apartar.

Era un pensamiento explorado, no una decisión.

Segundo, su relación con familia y amigos. El blog y su amor por la escritura le han permitido mantener, y hasta reforzar, amistades. Algunas de hace 50 años, otras “reconectadas” después de 40 años. Sin olvidar las que se han ido tejiendo en el transcurso de los años y de los viajes: amistades empezadas en la India, en China, en Indonesia, en Australia… y ahora en Chile.

Sin embargo, su familia —los seres más cercanos, los que lo cuidan cada día, los “dados por sentado”, los cuidadores de primera línea— los tiene que volver a cuidar, y mejor que lo que hacía antes de su accidente; cuando se “ausentó” psíquicamente y estuvo viviendo observando sin poder (o querer) hacer nada.

Una forma de retirarse, o tal vez de protegerse de una situación que controlaba poco, y dejó correr las cosas.

¿Se fueron a la deriva?

Tercero, es hora de sacar cuentas. Desde su accidente, y a causa de eso, ha tenido que asumir gastos imprevistos e imprevisibles. Ha estado ayudando a su suegra con sus operaciones de rodillas. Unas inversiones no han resultado como esperaba…

Sus gastos se han disparado y ha extendido sus ahorros al límite.

Ha conocido situaciones similares, tal vez no tan graves, ni con unas diez personas bajo su responsabilidad directa, y nunca llegó a decisiones extremas como las que adoptaron personas que conoció durante sus años de viajes.

Vio personas cruzar líneas: falsificar visados, transportar drogas, jugarse la vida por dinero rápido. Algunos las solucionaron con éxito, otros no.

Vio cómo un hombre se hizo una extensión de visado. Se demoró unas cinco o seis horas esculpiendo el visado, en negativo, en una enorme patata partida por la mitad. Cuando probó su obra maestra en una hoja de papel en blanco, el sello, con los colores y la firma, fue de un parecido asombroso.

¡Le sirvió!

No era en la época digital de ahora.

Un joven muy exuberante, siempre vestido de forma muy llamativa, siempre sonriente y muy cortés, iba y venía de un país asiático a otro con un sinfín de drogas…

Nunca fue detenido.

Una pareja, ansiosa de ganar mucho dinero en poco tiempo, no tuvo esa suerte.
Las cárceles asiáticas no eran lugares donde uno quería pasar tiempo…

Un hombre hizo lo que ya había hecho varias veces: tragaba una bolsa de plástico conteniendo drogas, pasaba las aduanas, iba al baño, tomaba un laxante, recuperaba la bolsa… ¡y ya!

Ese viaje fue su último. La bolsa reventó en su estómago durante el vuelo.

También vio cómo algunos viajeros cortaban hojas de sus pasaportes para que no tuvieran tantas entradas y salidas de tal o tal país. Estos iban con lingotes de una onza de oro “en el trasero”.

Él observaba ese borde.

Y respira.

Proximamente

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