Es un domingo tranquilo, soleado, va a hacer calor. Es temprano. Ya se bañó, ya hizo sus ejercicios, ya meditó, ya desayunó… La música acompaña ese comienzo de día: Amen de Otis Redding, Ya Rayah de Rachid Taha (una canción muy popular en el mundo árabe; él siempre ha tenido un cariño especial por la música árabe), Afternoon in Paris, Stéphane Grappelli (jazz y violín), Traveller, Anoushka Shankar…
Va a su terraza, se sienta en un sillón cómodo, uno de esos dos que lo acompañan desde hace años. Hellen, su esposa, le trae un café.
Ahí lo tiene todo: terraza, café, música, entorno hermoso, un vaso de agua…
¡Recuerdos de tantas terrazas!
Antes del accidente, en esta misma situación hubiese estado fumando un cigarro.
Relajado, tranquilo, piensa: el accidente ocurrió en invierno. Lo que le dejó la primavera, el verano y, supone, el otoño para rehabilitarse y recuperar.
¿Cómo lo hubiese vivido si esa misma rehabilitación hubiese transcurrido en invierno?
¡Una de esas preguntas que no tendrán respuesta!
Relajado y tranquilo, mira hacia atrás, pero no tan atrás. Solo este mes, el primero del año.
Anda con bastones, sube y baja peldaños (su casa tiene muchos), pero todavía no sube o baja escaleras. Da paseitos por su casa y su jardín, sale solo en camioneta, sin la ayuda de nadie ni que nadie lo acompañe, va a sus horas de kinesiólogo, va a hacer un trámite en el pueblo vecino, va a ver a un amigo.
También puede dar un paseo con sus hijos, llevarlos a un parque de skate, o ir a comer una pizza.
Dedica cada día un tiempo para “tareas de la casa”: arregla la bicicleta de su hija, un pestillo de la puerta de su camioneta, cuelga ropa para que se seque, come un desayuno o almuerzo con sus hijos…
Detalles de cada día.
Pero logros personales tremendos.
Proximamente
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