Home sweet home – I (Es)

Primera mañana en su casa, su pieza, su cama. No exactamente su cama —no la que le permitió dormir bien tantos años—, pero sí la que será su cama los próximos meses. ¿Cuántos? Una camilla de hospital: articulada, que sube, baja, eleva el cabezal, los pies… Tendrá que inventarse una nueva rutina.

Toda la familia está atenta, todos quieren ayudar en los detalles del día a día. Lo agradece, pero quiere “soltar” una ayuda cada día. Se inyecta el anti-coagulante él mismo; pide que le traigan un palo para acercar lo que queda fuera del alcance de sus brazos. Pronto logra pasar solo de la cama a la silla de ruedas y volver. Ya no necesita ayuda para hacer “caquita”, pipí, lavarse los dientes, bañarse; hace su cama.

Con la silla de ruedas recorre el piso donde está su pieza, sale a la terraza, mira el jardín. El huerto no será para este año. Tendrá que esperar otro. En la terraza empezará a tomar desayunos o almuerzos. Pero antes de todo eso, se acerca a las estanterías, recorre los lomos… Cada título es un instante de su vida, un recuerdo, una historia, un viaje. Alcanza Un instant dans le vent, de André P. Brink, Sudáfrica. Podría haber sido cualquiera de la misma repisa, o de la de arriba, o de la de abajo: El Señor de los Anillos, Shanghai Girls, From Heaven Lake, La sombra del viento, El niño con el pijama de rayas, 1984… ¡y tantos más! Que ya los haya leído, da igual. Un libro es memoria, y la memoria cambia con el tiempo tanto como cambia un libro cada vez que se vuelve a abrir. No responderá a la pregunta que no se plantea —¿por qué ese libro?— ni puede responder a la que sí aceptaría hacerse —¿para qué?—. Lo irá descubriendo leyendo.

Sudáfrica. Un país que marcó a Jennie: el apartheid, la lucha, de Steve Biko a Nelson Mandela. Él nunca estuvo en África —salvo una semana en Fez, Marruecos, ya después de la muerte de Jennie—. Ella sí pasó tiempo en el norte del continente, en el Sahara. Un instant dans le vent narra la supervivencia de una pareja —ella blanca, él negro— en el veld sudafricano, con la tiranía del sistema metiéndose hasta en los rincones más íntimos del cuerpo y de la mente. El veld no es un desierto, pero en ese relato se parece al desierto que él imagina. Y los desiertos han marcado momentos esenciales de su vida: los escritos de Jennie en el Sahara; juntos en las Bardenas; el Thar en la India; el Katpana en Pakistán; el Taklamakan y el Gobi en China y Mongolia; los de Australia; los de Estados Unidos… Una vuelta por una sola planta de su casa y ya ha recorrido medio mundo.

Llega una enfermera. Luego el kinesiólogo. Ambos fijan sus visitas cada dos días: curaciones y trabajo de los músculos que aún puede mover, de las rodillas hacia arriba. Se da cuenta de que, tras un mes en el hospital, sus músculos están flojos, blandos. Sí, esto va en serio.

Llegan los niños de la escuela: juegos, gritos, tareas, merienda, más juegos, la cena, un libro con el menor, otro con la mayor. Los dos quieren dormir en su pieza, en la cama matrimonial que él no ocupa, ni ocupará durante meses. Una canción y escucharlos dormir. Esos ronquidos suaves —una música encantadora. Y luego llegan los dolores. No tarda en tomar un anti-dolores: quiere dormir, escuchar las respiraciones de sus hijos, que son como la música de una meditación. Respira hondo, escucha, respira de nuevo, apaga la luz…

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