¿Cuántos años habrán pasado desde entonces? ¿Qué habrá sido de Zakir? ¿Cuántos encuentros, desvíos y estaciones quedaron atrás desde aquellos días?
¿Será que este accidente marque un fin, o el inicio de otra etapa?
Lo ha pensado varias veces, y parece confirmarse: su vida ha avanzado por décadas. La primera, la más larga, con sus padres: diecisiete años. Luego nueve, diez… y esta última, que empezó con la muerte de su esposa —o quizá con su llegada a la paternidad— lleva ya once años. Desde hace uno sabía que un ciclo se cerraba.
¿Será casual que lleve tiempo preguntándose cómo cambiar la manera de acercarse a lo que ha hecho estos años? Ver su vida —y la de quienes ama— desde otra perspectiva. Algunos dirían: levantar el pie del acelerador, dar un paso al costado, cambiar el ritmo. ¿Para qué?
Siempre ha preferido preguntarse para qué, y no por qué.
¿Para qué estos dos pies quebrados?
Se despide de sus compañeros de sala, de las enfermeras, del equipo de limpieza, de los camilleros.
Todos le dicen: “¡Espero no volver a verte por aquí!”.
Ambulancia. Casa.
Sus hijos están felices. Sus miradas, sus sonrisas, son un tesoro. En un mes apenas se han visto diez minutos, pero sí han hablado por teléfono. Han ayudado a preparar su habitación para que sea acogedora.
Lo es.
Llega —lo llevan— a su cama. Mira alrededor: mesas, cómoda, baúles sin vaciar desde que se fue de Europa, sillón, sillas, los peluches de los niños, repisas, libros.
Libros.
Sí, está en casa.
Se duerme.
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