Un recuerdo llama a otro.
¡Zakir!
Hasta los cuatro años, Zakir no se llamaba Zakir. Había olvidado el primer nombre que le dieron unos padres a quienes nunca llegó a conocer. Fue el decimoquinto hijo de una familia pobre donde, casi milagrosamente, diez de los niños habían sobrevivido a sus primeros años. No lo recibieron con entusiasmo. Tras una sequía feroz, y sin recursos para alimentar a todos, sus padres lo vendieron a un jefe de una banda de mendigos.
Un bebé sano no rinde en ese oficio. Le amputaron los brazos, dejándole dos muñones de unos treinta centímetros.
Cada mañana lo abandonaban en una avenida concurrida o en la entrada de un templo. Cada noche pasaban a recogerlo.
Aprovechó el caos de un ciclón, y de las inundaciones posteriores, para escaparse. Pero estuvo a punto de morir.
Medio muerto en una zanja, sintió sobre él una mirada cálida. Y vio el primer gesto de ternura que alguien le ofrecía.
En el humilde hogar para desamparados (no tan célebre como el de la Madre Teresa), recuperó peso. Absorbía las clases improvisadas. Para ser útil, fregaba los suelos; como no podía escurrir la fregona, dejaba tras de sí una estela negruzca.
Un día encontró una raqueta cerca de la mesa de ping-pong bajo la cual dormía. La ató a su muñón izquierdo y comenzó a practicar. Pronto se volvió experto. Desafiaba a los otros niños. Casi siempre ganaba la primera partida: ventaja psicológica pura. Cuando el rival comprendía que no debía hacerle concesiones —Zakir jamás las hacía— ya era tarde para remontar.
Un dueño de circo le ofreció un contrato tentador. Zakir lo rechazó: después de tanta vida en manos ajenas, no quería depender de nadie. Pero la propuesta le dio una idea. Organizaba veladas con demostraciones, aceptaba retos, se apostaba dinero. Los beneficios iban al hogar donde había descubierto algo más simple que un sentido de vida: el gusto por estar vivo.
Se conocieron en un festival religioso dedicado a Krishna, en Orissa, en el este de India. Algo menor que él, Zakir rebosaba vitalidad. Analfabeto, había aprendido solo rudimentos de inglés, que mejoraba cada día. Eso le permitía acercarse a turistas para “guiarlos”.
Entre ellos nació una simpatía que iba mucho más lejos que el turismo.
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