Y despierta. Tiene que hacer pipí. Toma el pato, hace pipí, se limpia. Ya no puede dormir.
No quiere darle vueltas a los últimos meses: los proyectos; las relaciones; lo que debe hacer; lo que podría; lo que tendría que hacer; lo que no hará. Pero las vueltas empiezan igual… Los libros han sido siempre su refugio, aunque de niño no leía mucho. Recuerda cuentos y leyendas de lugares lejanos: comprendió, entonces, que eran formas distintas de contar realidades similares.
Reescribió su pasado para inventarse una leyenda personal. Lo abandonaron en bosques; lo rescataron de inundaciones; encontró tesoros y ciudades olvidadas; salvó princesas; venció monstruos… pero no lograba juntar más de quince años de hazañas. Así que abrió la puerta a la eternidad y buscó vidas pasadas: analizó pensamientos con Platón y Sócrates; compartió un taller con Leonardo da Vinci; vio a Don Quijote lanzándose contra molinos y salir volando; ayudó a Jasón a recuperar el vellocino de oro… Más tarde añadió a Hanuman; al monje Xuanzang; a cadenas de montañas que se perdían en el horizonte; a océanos cruzados en canoa siguiendo estrellas…
Relajado por la respiración de sus hijos, se da cuenta de que, desde entonces, nunca volvió a sentir necesidad de inventarse vidas pasadas. Es curioso: ahora, en Chile, tanta gente habla de las suyas, del peso que arrastran, de cómo determinan esta vida. Él no. Llegó a una conclusión quizá exagerada: viene de la nada y a la nada volverá. El pasado pesa, el futuro es incierto y —con estos pies quebrados— esa frase no puede ser más literal.
Una luz pálida entra por la ventana. Ya es hora de despertar a los niños.
La casa empieza su rutina.
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