Gestos que regresan

Hay gestos sencillos, casi olvidados, que vuelven.

Después de dejar el alza-ropa que evitaba el peso de las mantas sobre los pies (¡qué alivio!), abrir las sábanas y poner los pies en el suelo.

Caminar solo por la plaza de San José, con bastones, pero solo.
Saludar, hablar con la gente.
Sentarse en un banco mirando la pileta.

Manejar 300 kilómetros para dejar a sus hijos en casa de la abuela.
Volver una semana después a buscarlos.

Encontrar una terraza.
Sentarse.
Tomar un café.
Leer.

Pequeños gestos.
Grandes regresos.

Escribe en su diario, escribe siempre a mano para comenzar. Su técnica es simple; le gusta compartirla: lleva una libreta, escribe lo que sea, cuando sea, como sea; déjalo unos días, vuelve a leer, edita (en tu computador).

Ese volumen lo acompaña desde hace años. En él encuentra momentos de su vida, observaciones, comentarios… y lecciones de neerlandés que comenzó a estudiar después de la muerte de Jennie. Listas de vocabulario, construcciones de frases, ejercicios gramaticales.

Lo relee, y recuerda poco.

Estudiar idiomas…

Creció con dos lenguas, español y francés. No sin dificultades, durante sus estudios secundarios adquirió los primeros rudimentos de inglés. El inglés lo aprendió realmente durante sus estancias en la India, y sobre todo gracias a Jennie.

Durante sus viajes se enseñó a sí mismo las bases del hindi, del urdu, del bahasa indonesia.

Más tarde, fascinado por la caligrafía china, se puso a estudiar chino, que terminó dominando —sin excesos—, pero pudiendo decir: entiendo a la gente, y la gente me entiende.

Luego están las lenguas “hermanas” de un mismo origen: italiano, portugués, catalán, que comprende bastante bien, pero que no puede hablar; no se improvisa una lengua.

Pero siempre le ha perseguido la pregunta:

Aprender idiomas, ¿para qué?

¿Satisfacción personal?
¿Curiosidad?
¿Conocer otras culturas, otras filosofías, otras perspectivas?
¿Viajes filológicos?
¿Para llegar a dónde…?

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