The Catcher in the Rye le trae dos tipos de recuerdos. Por un lado, es un libro que Jennie leyó de adolescente, con anotaciones suyas. Por otro, él recuerda cuándo tenía la edad de Holden y se fugó diez días.
Aquella fuga no había sido su intención original. Era casi verano, y las vacaciones estaban por empezar. Dijo a sus padres que iba a ver a un amigo unos días. No dijo que ese amigo vivía a 700 kilómetros. Se fue a dedo, llegó a la casa en un suburbio de París. Le abrió la mamá, que le dijo que su hijo estaba con la abuela, en las afueras. No se percató de que ese niño de catorce años no vivía en el barrio, no tenía dónde dormir y había recorrido 700 kilómetros para ver a su amigo.
Él dio las gracias, pidió que le diera recuerdos a su hijo, y se fue. No sabía adónde ir. Empezó a andar por las calles de París. No recuerda si tenía dinero, ni cuánto. No recuerda cómo hizo para comer, beber o ir al baño. Recuerda caminar, dormir en parques o bajo puentes, encontrarse con personajes curiosos, rechazar ofertas sexuales o autos que se detenían. No recuerda haber visitado ningún lugar turístico. Recuerda la satisfacción de andar, mirar, observar, explorar, tomar una calle u otra solo para ver adónde conducía. Algo que haría toda su vida, hasta hoy.
Tampoco recuerda cómo ni cuándo volvió a casa, ni cómo lo recibieron sus padres.
Aquel episodio fue el primer acto de rebeldía de su adolescencia. Luego intentaría suicidarse, robaría un camión para fugarse de nuevo, no terminaría la enseñanza secundaria, sería activo en movimientos estudiantiles y políticos —eran los años 68 y posteriores—, se emborracharía, probaría drogas (nunca muchas, no les encontraba “la gracia”), se emanciparía de sus padres y empezaría su vida laboral como albañil primero, viajando a dedo o en moto, para terminar como chef en un restaurante de Bruselas…
Un libro.
Tantos recuerdos.
Y después, la noche.
Las noches se fueron sucediendo, calladas, sin anunciarse.
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