La raga de la madrugada

Zakir y Fleks disfrutaban andar por las calles, libres, observando.

Esa mañana, Fleks había visto que iban a dar un concierto de música clásica, y le dijo a Zakir:
—Vienen unos músicos muy famosos de tu país, ya compré dos entradas.

Zakir lo miró, silencioso un buen momento, y dijo:
Thik hai.

Se abrieron paso entre la multitud para abandonar la parte más congestionada del bazar. Pasaron delante del templo dedicado a Brahma, en cuyos alrededores innumerables mendigos lanzaban sus interminables letanías de súplicas y bendiciones. A ambos lados de la calle, los comerciantes habían instalado puestos donde se encontraba toda clase de objetos sagrados, utensilios de cocina, herramientas, arneses, productos de belleza, dulces y joyas de fantasía.

En medio de la calle, abordando a quien podían, jóvenes y niños vendían flores, cajas de juegos —ajedrez y otros—, sellos de correos, pinzas de depilar de cuatro ramas y toda suerte de objetos cuya utilidad no siempre resultaba evidente. Cada pocos pasos alguien intentaba vender algo a Fleks.

—Postales, sahib.
—Flores, sahib.
Very good price, sahib.
—Hotel, sahib.
Hashish, sahib.
Very good hashish, sahib.

A veces el vendedor no esperaba siquiera una respuesta antes de desaparecer y volver a surgir unos metros más adelante convertido en vendedor de otra cosa.

Sobre la puerta de una casa habían tendido una gran tela donde se leía: “NON-STOP FULL VIDEO DOLBY STEREO LATEST MOVIES”. Ante la entrada se agolpaba una multitud de aldeanos que intentaba averiguar, mirando por las rendijas de las ventanas de madera, qué película estaban proyectando. Desde dentro llegaban los gritos crepitantes de una pelea, los agudos arrebatos de una canción o las palabras distorsionadas de una escena de amor.

Fleks se detuvo.
—¿Entramos?
Zakir miró la fachada, luego a la multitud y finalmente al sol, que empezaba a descender.
—Otro día.

Siguieron caminando.

Llegaron cerca de donde se iba a dar el concierto. Todavía no era de noche, así que fueron hasta la orilla del lago. El sol lanzaba sus últimos rayos y, al iluminar los contornos de los templos y de las casas junto al agua, parecía incluso dar mayor nitidez a los sonidos que ascendían desde el bazar.

Se acomodaron de cuclillas. Zakir sacó un bidi del pequeño hatillo que llevaba cruzado al hombro y lo sostuvo entre los labios. Fleks admiró aquel gesto tan flexible y tan anodino, tan simple y tan natural; él habría tenido que contorsionarse de una manera muy poco graciosa para finalmente caer de espaldas. Antes de que Zakir pudiera levantarse a buscar fuego, Fleks le acercó una cerilla encendida.

Permanecieron un rato sin hablar. El lago iba cambiando de color. Los últimos reflejos dorados cedían lentamente su lugar a los tonos grises del anochecer. Ninguno de los dos recordaría de qué hablaron. ¿Hablaron? Las dos o tres horas siguientes pasaron tan suaves como los colores del sol poniente que se iban diluyendo en el polvo.

Antes de llegar frente a la gran casa donde iba a celebrarse el concierto, Zakir se puso su chal. Lo había cosido, hacía tiempo, en tres lugares estratégicos para que cayera sobre sus hombros como caían todos los chales sobre los hombros de la mayoría de las personas con dos brazos. Apreció que Fleks no hiciera el menor gesto para ayudarlo, pero se aplicó a redoblar su destreza natural.

Antes de entrar, explicó:
—Sin este chal, nunca me dejarían entrar aquí.

El patio era bastante grande y ya estaba lleno. Para proteger al público de una lluvia poco probable, habían tendido largas lonas blancas a tres o cuatro metros del suelo. En el suelo, sobre otras lonas blancas, alfombras y cojines formaban filas tortuosas. Algunas luces eléctricas, antorchas e incienso conferían al conjunto una atmósfera íntima de cálida sala de vapor, sin resultar opresiva. Sobre una tarima de unos cuarenta centímetros de altura, en uno de los extremos del patio, habían dispuesto otros cojines, aparentemente más cómodos que los colocados en el suelo, y varios instrumentos musicales.

Fleks y Zakir se instalaron. Reinaba una bonhomía relajada: la gente hablaba en voz alta, se interpelaba, se saludaba y reía. Unos muchachos distribuían tazas de té.

La entrada de los músicos apenas fue advertida. Afinaron sus instrumentos durante unos instantes y, sin que nadie percibiera el momento en que sucedió, comenzaron a tocar.

Zakir no sabía muy bien por qué, pero su mirada volvía una y otra vez hacia aquel joven de la izquierda. Cuando, después de unos diez minutos de una inmovilidad casi absoluta, comenzó a tocar el tabla, los ojos de Zakir se llenaron de lágrimas. Fleks se dio cuenta y le puso una mano en el hombro.

Cuando consiguió superar la emoción, Zakir se inclinó hacia Fleks:
—Es gracias a él que me llamo Zakir.
—¿Ah, sí?
—Sí, por sus manos.

Unas manos que revoloteaban de un tabla a otro y que daban la impresión de ser diez.

La música continuaba. De vez en cuando, alguno de los espectadores lanzaba un «shabash» de aclamación, seguido de los murmullos de aprobación del resto del público. La gente parecía poseída por la música, sus cuerpos seducidos, subyugados. Movían lentamente la cabeza con un ligero balanceo. De vez en cuando, con un gesto discreto, parecían tomar una nota en una mano, acompañarla durante dos o tres segundos con un movimiento descendente y luego soltarla levantando la mano, siguiendo el complicado ritmo de aquel raga que se adentraba en la madrugada…

Por la mañana, Zakir y Fleks volvieron a la orilla del lago, al mismo lugar que antes del concierto. Se compraron unos tés y unas pakoras y miraron el amanecer tranquilo. Escuchaban las voces del pueblo, los cánticos que comenzaban a elevarse desde los templos, los vendedores que ya pregonaban sus mercancías.

Zakir había oído aquellos sonidos toda su vida. Sin embargo, aquella mañana le parecían diferentes; los escuchaba desde otra perspectiva.

Mañana partiría.

Fleks no lo sabía todavía.

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