III — Zakir : El buey y el diputado

Aquella mañana, los cocineros del refugio los enviaron a hacer unas compras. Ya todos se habían acostumbrado a verlos juntos a cada momento del día.

Zakir vio llegar la caravana desde lejos. A su lado, Fleks iba intentando avanzar sin perderse entre la multitud del bazar. Nunca había comprendido cómo, en aquellas calles, miles de personas parecen desplazarse simultáneamente sin que nadie consiguiera decidir realmente por dónde iba.

El gran automóvil blanco, con los vidrios polarizados —y cerrados a pesar del calor—, lucía sobre el capó un pequeño emblema redondo dividido en tres partes iguales. El vehículo contrastaba notablemente con los cuatro coches que lo seguían y los cuatro que lo precedían. Aquellos ocho vehículos, fabricados en el país y destinados a transportar a los asistentes y guardaespaldas del diputado, estaban abollados; su aspecto tosco y desgarbado realzaba aún más la arrogante elegancia de aquel automóvil.

Una decena de policías abría paso, a contracorriente del movimiento de la multitud. Empujaban, apartaban e insultaban a la gente, amenazando con sus largos bastones a quienes no se quitaban de en medio con la suficiente rapidez.

Cuando el automóvil llegó a su altura, un hombre de la multitud gritó:
—¡Creía que te habían elegido para servir al pueblo, no para arrogarte privilegios y tratarnos como ganado!

Fleks sonrió. No entendió las palabras exactas, pero el tono era universal.

Varios policías salieron tras el hombre, pero la multitud era impenetrable. Regresaron pocos minutos después descargando, en un arrebato de rabia impotente, golpes de lathi a derecha e izquierda. Zakir no logró esquivar el golpe que recibió en el hombro.

—¿Qué pasó? —preguntó Fleks al verlo encogerse.
Zakir hizo un gesto con la cabeza.
—Nada.

Un poco más adelante, sin embargo, la comitiva tuvo que detenerse. Ni los policías ni la importancia del diputado pudieron hacer nada. Un enorme buey rumiaba en medio del estrecho callejón.

Ante él, la gente había colocado numerosas ofrendas. Sus cuernos adornados, la joroba decorada, la manta roja que cubría su lomo y las múltiples guirnaldas de flores alrededor del cuello advertían que no se trataba de un animal cualquiera.

Un sadhu, de inmensa cabellera enmarañada y mezclada con barro, cubierto de cenizas, permanecía sentado con los ojos entrecerrados en posición de loto. Cada vez que alguien dejaba una nueva ofrenda, agitaba discretamente una campanilla con una mano y, con la otra, acariciaba lentamente la quinta pata que colgaba del cuello del buey.

Fleks soltó una carcajada.
—¿Y eso?

Zakir no respondió. Tampoco estaba seguro de qué preguntaba Fleks. Este observó al animal durante varios segundos.

—¿Nadie lo mueve?
Zakir lo miró sin comprender la pregunta.
—Es un buey sagrado.

Fleks señaló la fila de automóviles detenidos.
—Ya lo veo. Pero ellos parecen tener prisa.

Zakir siguió la dirección de su dedo, vio al diputado atrapado dentro de su coche y se encogió de hombros.
—El buey no.

Fleks miró la quinta pata que colgaba del cuello del animal.
—Es sagrada.

Fleks permaneció callado un momento.
La comitiva esperaba.
El buey rumiaba.

3
0