Lo vio sin entender lo que veía.
Un chico, no mucho más joven que él, estaba de pie a un lado de una mesa de ping-pong improvisada. La pala no la sostenía con la mano—eso fue lo primero que llamó su atención—sino atada, de alguna manera, a lo que quedaba de su brazo izquierdo.
Jugaba.
Y jugaba bien.
Demasiado bien para que aquello pudiera explicarse solo por la destreza. Algo más había: una especie de calma, o de certeza, en la forma en que devolvía cada pelota. Como si supiera dónde iba a caer la pelota… antes de que el oponente golpeara.
La gente alrededor reía, apostaba, gritaba.
Él miraba.
Algo, muy poco, entendía de lo que se decía. Y no tenía nada que decir.
El chico levantó la vista un momento, y le sonrió.
No recuerda cómo llegó a aquel refugio para olvidados del mundo, donde el olor del incienso de los pujas se mezclaba con el sudor, las especias y el arroz cocido al vapor en el calor inmóvil del mediodía. Todas las puertas y ventanas permanecían abiertas, intentando inútilmente crear algo de corriente.
Iba a ayudar, como voluntario, no sabía muy bien cómo.
El chico se acercó, era la hora de ir al refectorio, y le hizo entender que lo acompañara.
No sabía qué decir. Dijo su nombre. El chico le contestó: Mai naime iz Z’kiir.
Pasaron el mes siguiente juntos 24 horas al día.
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