Altibajos de la rutina – II

El café. Una idea, un ideal, un proyecto hermoso. El emprendimiento de un hombre que, en teoría, ya debería jubilarse y disfrutar de sus ahorros, cuidar a los suyos, cultivar su huerto: como tantos viajeros que, tras años por el mundo, regresan a casa para vivir su vejez rodeados de amor y admiración… aunque también de alguna envidia, alguna codicia silenciosa.
El café. No le da para vivir, pero sí le regala algo más profundo: la satisfacción de ver cómo las personas —familias, amigos, parejas— vienen y vuelven, y hacen justo aquello que él soñó que hicieran: tomarse el tiempo de dejar pasar el tiempo.

Quieren conversar con él; le cuentan su vida, comparten ideas, pensamientos; traen y se llevan libros; hablan de libros…
Pero no, no le da para vivir.
El aprecio, la pequeña fama del café, el orgullo de ser “el alma” del lugar, la admiración que percibe en los ojos de muchos clientes —y de algunos lectores— son un agrado inmenso, una gratificación personal profunda. Pero ¿qué hay más allá de eso?

¿Marcará su accidente un antes y un después para el café?
¿Y cómo será ese después —si es que lo hay?

Para seguir con el café, para sostener esa satisfacción personal que le da, necesita emprender algo más: algo que dé ingresos y que, de algún modo, “subsidie” al café. En eso está, desde la cama: ideas, posibilidades, primeros pasos, resultados lentos…
A ratos, la tentación: ¿y si mandara todo al carajo?

Vuelven los niños del colegio.
¿Qué ha hecho durante todas esas horas?
A veces parece mentira que no “tenga tiempo” para hacer todo lo que se propone. Claro: lavarse, hacer ejercicios, la visita de la enfermera… ahí ya se van tres horas. Si luego se toma el tiempo de leer, jugar ajedrez, dibujar, escuchar música, escribir… son dos o tres horas más. Y hay que comer —aunque no tenga que preparar nada. Comida exquisita, eso sí, obra de su esposa, su cuñada, su suegra; a veces de su hija.

El tiempo no pasa más rápido ni más lento: es la percepción la que cambia cuando uno pasa el día entero en la cama.

Habla con los niños, les da un abrazo, les pregunta qué hicieron en el colegio, si tienen tareas, observa cómo siguen con sus cosas, con sus actividades…
Ellos fueron los primeros en aceptar esta situación del papá en la cama, día tras día. Se han adaptado.

Paul Rayment pensó que su vida se había acabado, o se estaba acabando, o tenía que acabarse.
Él no ve su propia situación igual que Paul, pero las etapas son sorprendentemente similares y, en muchas de ellas, regresa la misma pregunta: ¿para qué?

Al final, la vida sigue, y la vida cambia.
La vida sigue cambiando.

Si bien entiende que su vida seguirá, no sabe todavía cómo va a cambiar.

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