El horizonte desde la cama – I

¿El cuerpo recordará lo que el sueño no alcanza a sostener?

Despierta. Un dolor tremendo envuelve su tobillo derecho. Es de noche. No sabe la hora. Escucha voces en el pasillo principal. Llama. Su voz no alcanza. Intenta respirar hondo y lentamente —como les dijo a sus hijos el día del accidente— para controlar el dolor. No lo consigue.

Entre un dolor y el siguiente, entiende que en adelante tendrán que ayudarle…
¡No!
No tendrán que ayudarle: él va a necesitar ayuda. Para lo básico: ir al baño, lavarse, incorporarse.

Los días pasan y el dolor sigue allí, fiel. Intenta establecer una rutina: hablar con los niños; escribir y hablar con familiares y amigos; atender asuntos de sus negocios y proyectos; retomar lo que hacía tiempo había dejado: leer, dibujar, escribir. Juega partidas de ajedrez online con unos sobrinos. Sabe que tiene que organizar el largo recorrido que le queda por delante. Y, sobre todo, aceptar que no tiene que pedir ayuda: hay mucha gente dispuesta a dársela, y ya lo agradece.
Agradecer. Algo que le costó durante muchos años.

Esa ayuda —esa dependencia que lo acompañará varios meses, quizá años— no le gusta. Desde muy joven quiso hacer todo lo que debía hacer solo. Aunque le costara, aunque complicara su vida. Ese afán, casi siempre útil, y un orgullo que aprendió que no servía para mucho —y que nadie estaba obligado a valorar— fueron consolidando una independencia tenaz.
Y piensa:
¿Habrá engendrado esa combinación una cierta arrogancia?

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Respuesta

  1. Avatar de Ximena

    Autoconocimiento y aprendizaje la quietud abre otras puertas

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