Reunión de dioses – I

Aún no eran las siete.
Caminaba entre los puestos donde los vendedores ofrecían dulces de todos los tamaños, formas y colores. Compró medio kilo de jalebi, recién hecho, caliente y chorreando con jarabe de azúcar. La mañana ascendía despacio. De los fuegos matutinos, unas delgadas columnas de humo azulado se disolvían en la neblina que cubría el valle. Hombres y mujeres, acurrucados junto a los fuegos de leña y de estiércol, parecían fantasmas adormecidos cubiertos de mantas. Se estrechaban unos contra otros alrededor de las fogatas, dándose mucho más calor que las diminutas llamas cuya tibieza se dispersaba enseguida en el aire frío.
Se miraban en un silencio ausente o contemplaban al que preparaba los chapatis o las parothas, al que vigilaba el té… Algunos fumaban bidis, otros chiloms de hachís o esas grandes pipas que se comparten entre varios.

Se sentó en su dhaba favorito: cuatro palos torcidos sostenían una lona agujereada que alguna vez fue blanca. Sobre el suelo, unas esteras de bambú gastadas por el tiempo. Encima de unas cajas, un hornillo de queroseno, una cacerola con leche, una tetera, platos mellados, vasos, un balde de agua fría. ¡La misma para todo el día!

Junto al cocinero tomó un té con una parotha y un poco de pickle de limón. Luego, con la paciencia de un niño, se comió los jalebis aún calientes.

La mañana, esa primera y temblorosa hora del día, durante la reunión anual de los dioses, comenzaba con un estrépito de tambores mezclado al chillido de trompetas y al bramido grave de las trompas. Cada uno de los más de trescientos sesenta dioses que acabarían por reunirse allí llamaba y saludaba al sol.
Este, sin embargo, no asomaría por detrás de la montaña hasta bien pasadas las ocho.

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